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Violín, pedagogía y desarrollo

[vc_row][vc_column][vc_column_text]En un ejercicio de sinceridad diré que no recuerdo el momento en que dije a mis padres que quería aprender a tocar el violín. Sí puedo decir que fue en torno a 1990 y que según mi madre resultaba curioso comprobar cómo en una familia sin tradición musical (salvo un fugaz idilio de mi madre con la guitarra durante su adolescencia), el pequeño de la familia permanecía inmóvil frente al televisor si por casualidad emitían un concierto de la Orquesta de RTVE por la 2. Normalmente eran los sábados por la mañana, muy temprano y obviamente en diferido, pero allí estaba yo, madrugador empedernido, haciendo tiempo hasta que comenzaban los dibujos animados (me gustaba la música, pero con seis años las prioridades comenzaban y acababan por David el Gnomo).

No entraré en detalles de cómo prácticamente de un día para otro comencé a tomar clases en el conservatorio sin haber hecho prueba de acceso , ni de cómo durante más de diez años oculté con afán una sordera prácticamente total en el oído derecho por miedo a que no se me permitiera continuar con mis estudios. Simplemente diré que no me fue mal, que hubo momentos mejores y peores, pero que en la medida de mis posibilidades intenté crear un camino propio, en torno a la música pero sin descuidar otras facetas que de otra manera me hubieran dejado incompleto.

El grueso de mi formación tuvo lugar durante los años 90′, y los docentes más jóvenes fueron muy eficaces a la hora de conseguir que los alumnos se asomaran al estudio de la música de una manera más entusiasta, alejada de la rigidez y disciplina férreas de décadas precedentes. Con ello no quiero decir que no hubiera exigencia, al fin y al cabo los estudios en conservatorio perseguían como meta última y legítima la formación de profesionales (y así lo teníamos asumido), pero fueron muchos los que se quedaron en el camino, lidiando en muchas ocasiones con un sentimiento de fracaso injusto, innecesario y totalmente indeseable desde el punto de vista pedagógico y formativo. Y es aquí en donde me gustaría detenerme un poco más.

Pedagogía de la música

La pedagogía de la música en general y del violín en particular siempre adoleció de un sentimiento lúdico, encerrándose en sí mismo y mostrando poco o nulo interés en lo que el estudio del instrumento pudiera aportar al desarrollo madurativo e intelectual de los más pequeños. Pese a que ya en los años 50′ el Método Suzuki supuso (y sigue suponiendo) una auténtica revolución pedagógica, hasta mediados de los 90′ la metodología de enseñanza tradicional seguía rigiéndose por manuales apolillados cuya última revisión se remontaba a década de los 20′, sin exagerar. De modo que al calor de una revolución tecnológica y digital sin precedentes, la pedagogía comenzó a prestar mayor atención a las posibilidades de la música fuera de un ámbito estrictamente profesional, democratizando su conocimiento a la vez que se ponía énfasis en su importancia como vehículo de emociones y sentimientos entre los más pequeños.

Trabajar la música desde edades tempranas

¿Por qué ese interés en una aproximación a la música en edades tempranas? Si la pregunta fuera dirigida a mí simplemente contestaría que la música es un regalo que no merece ser guardado bajo llave, ha sido tanto lo que la música ha hecho por mí que no puedo sino mostrarle mi eterna gratitud a la vez que me lamento de no haber llegado a ella antes. A día de hoy se ha entendido que la pedagogía musical no puede ni debe ceñirse a la formación de músicos profesionales, sino que también ha de abrazar en igual medida la necesidad de compartir su conocimiento cuanto antes sin ningún tipo de propósito más allá de conseguir una mejor y más completa formación intelectual y personal de nuestr@ pequeñ@s alumn@s.

En mi experiencia docente solamente puedo decir que la mayor satisfacción es la de colaborar en la formación de buenas personas a través del arte de la música y el violín, aceptando su individualidad y potenciando sus virtudes. Una vez asumida esa realidad resulta imposible no maravillarse con su capacidad para sorprenderte, sensación que ninguna calificación numérica es incapaz de cuantificar.

Hasta aquí esta breve reflexión sobre mi visión de la música y pedagogía del instrumento que tanto amo. Espero haber conseguido a través de mis palabras haceros llegar aunque sea una pequeña parte de la emoción que para mí supone tener la oportunidad de compartir con vuestr@s hij@s momentos tan especiales día tras día.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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